¿Hablemos de integración?

¿Hablemos de integración?

Los niños están mejor preparados que nosotros para integrar. Tienen menos prejuicios, por lo tanto, discriminan menos.

El éxito de nuestros hijos en el mundo depende de qué tan abiertos de mente sean. La mente se abre cuando conoce, cuando sabe. Cuando supone o prejuzga sin saber, la mente se cierra y nuestra cultura no crece.

Hoy en día, vivimos en un país que por fin se abrió al mundo. Venezolanos, argentinos, norteamericanos, alemanes, coreanos, rusos, brasileños y de muchas otras nacionalidades han llegado a instalarse a Chile.

¿Cómo te sentirías si por algún motivo tuvieras que ir a vivir a otro país?

¿Cómo crees que te verían a ti como extranjero?

Como chilenos, no estamos todos tan acostumbrados a la diversidad porque la inmigración masiva en nuestro país es reciente. Tenemos poca práctica en esto, pero una vez que conocemos algo nuevo y nos gusta, queremos integrarlo en nuestra vida. Es así como la comida peruana, la comida china, el sushi y muchas otras cosas han ido formando parte de nuestra cultura.

Cuando nos relacionamos con inmigrantes vamos aprendiendo términos propios de ellos que son divertidos o que nos parecen interesantes, en la medida que también enseñamos a ellos nuestro lenguaje, modismos, juegos y costumbres.  El intercambio cultural siempre será un aporte a nuestras vidas, que nos hará ser más cultos y abrirá nuestra mente a un mundo que tiene una variedad enorme de costumbres y formas de vivir.

Cuentos sobre

El señor Tábano era el nuevo responsable de la oficina de correos de la pradera. Le había costado mucho obtener aquel trabajo tan respetado viniendo desde otro jardín, y según él, lo había conseguido gracias a sus grandes dotes de deducción. Y aquel primer día de trabajo, en cuanto vio aparecer por la puerta a don escarabajo, la señora araña, la joven mantis y el saltamontes, ni siquiera les dejó abrir la boca:

– No me lo digan, no me lo digan. Seguro que puedo deducir cada uno de los objetos que han venido a buscar- dijo, mientras ponía sobre el mostrador un libro, una colchoneta, una lima de uñas y unas gafas protectoras.

– La lima de uñas será para doña Araña, sin duda. De tanto arañar tendrá que arreglarse las uñas.

– La colchoneta, -prosiguió aún sin dejarles reaccionar- sin pensarlo, se la entregó al señor saltamontes, pues debe entrenar sus saltos muy duramente para mantenerse en forma. Las gafas tienen que ser para el escarabajo, todo el día con la cara tan cerca del suelo obliga a protegerse los ojos. Seguiremos con este gran libro, que seguro es una Biblia; tendré que entregárselo a la joven mantis religiosa, a la que pido que me incluya en sus oraciones. Como verán…

No le dejaron concluir. Lo de la mantis, conocida en la pradera por haber renunciado a su apellido de religiosa, fue demasiado para todos, que estallaron a reír en carcajadas…

– Tremendo detective que es usted – dijo el saltamontes entre risas-. Para empezar, doña araña viene por el libro, ella es muy tranquila, y por supuesto que no araña a nadie. La colchoneta es para el señor escarabajo, que gusta de tumbarse al sol todos los días en su piscina, ¡y lo hace boca arriba!… nuestra coqueta la mantis, por supuesto, quiere la lima de uñas, y al contrario que doña araña, no tiene nada de religiosa. Y las gafas protectoras son para mí, que como ya no veo muy bien me doy buenos golpes cuando salto por los montes…

– Ajá- interrumpió el tábano, recuperándose un poco de la vergüenza- ¡luego usted sí salta montes!

– Yo sí -respondió el saltamontes-, pero como verá, guiarse por sus prejuicios sobre la gente para hacer sus deducciones provoca más errores que aciertos…

Cuánta razón tenía. Sólo unos días más tarde, tras conocer en persona a los insectos del lugar, el propio señor Tábano se reía cuando contaba aquella historia de sus deducciones, hechas a partir de sus prejuicios antes de conocer de verdad a cada uno.  Y comprendió que juzgar algo sin conocerlo es cosa de… tontos.

En cierta ocasión un grupo de niños de un colegio estaba de excursión. Prácticamente todos jugaban a la pelota, menos Moncho, al que veían como un chico tontorrón que no servía para otra cosa que para reírse de él. Y es que no le gustaban ni las peleas, ni los deportes, ni nada de nada, ¡ni siquiera se defendía cuando le pegaban! Era tan raro, que ni siquiera aquel día jugaba al fútbol como los demás. Y la única vez que le dio a la pelota, lo hizo tan mal que acabó en una pequeña cueva. Cuando entraron por la pelota, en su interior descubrieron un cofre con un enorme libro del que salía un brillo especial. Corrieron a llevárselo a la maestra, quien lo encontró fascinante, y acordaron leerlo en clase a lo largo de los días siguientes.

El libro se titulaba “Los grandes dones”, y contaba maravillosas historias y cuentos acerca de grandes inventores, maravillosos artistas, sabios escritores, aventureros y buscadores de tesoros. Con cada historia, los niños abrían aún más los ojos, y quedaban encantados con aquellos personajes con dones tan especiales.

Hasta que llegaron a la última página del libro, la que contaba el origen de aquellos grandes personajes. La maestra leyó:

“Existe un lugar en el cielo llamado la fuente de los corazones, donde antes de nacer a cada corazón se le asignan sus muchos dones. Más o menos un poquito de cada cosa, para conseguir personas normales. Pero de vez en cuando, algo sale mal, y algunos corazones llegan al final mucho más vacíos. En esos casos, se rellenan con un último don que convierte esa persona en excepcional. Pueden faltarle muchas otras cualidades; en muchas cosas será distinto del resto y le verán como un niño raro, pero cuando llegue a descubrir su don especial, sus obras pasarán a formar parte de estos libros y cuentos.”

Cuando cerró el libro se hizo un largo silencio en clase. Mientras todos pensaban en sus propios dones, Moncho salió con una de sus rarezas:

– ¿Y si te hacen un trasplante y te ponen el corazón de un cerdo, tendrás cualidades de cerdo? ­ – preguntó todo serio.

Todos sintieron unas enormes ganas de reír, pero entonces, al mirar a Moncho, comprendieron que era él uno de aquellos casos tan especiales. Y sintieron pena por cada una de las veces que se habían reído de su torpeza y sus cosas raras. Desde aquel día, nunca más trataron de burlarse de Moncho, y entre todos trataban de ayudarle a descubrir su don especial, que resultó ser un talento artístico increíble que le convirtió en el pintor más famoso de su tiempo.

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